
La temporada de premios ha dado un giro inesperado —y para muchos, histórico— con Sinners convirtiéndose en la película más nominada de todos los tiempos al obtener 16 nominaciones al Oscar, una cifra extraordinaria para un título de horror. El logro no solo coloca a la producción en el centro de la conversación cinematográfica mundial, sino que también redefine la relación entre la Academia y un género que durante décadas fue marginado en las grandes premiaciones.
Históricamente, el cine de terror fue relegado a categorías técnicas o directamente ignorado, pese a su enorme impacto cultural y a su capacidad para explorar miedos colectivos, conflictos morales y tensiones sociales con una fuerza única. El dominio de Sinners en las nominaciones rompe con esa narrativa y confirma que el horror puede competir en igualdad de condiciones con dramas prestigiosos, biografías y grandes producciones épicas.
El fenómeno no se limita a un solo título. Este año, otras propuestas asociadas al género también lograron abrirse paso en la temporada de premios. Weapons, el inquietante proyecto de Zach Cregger, obtuvo reconocimiento por su enfoque perturbador y su ambición narrativa, mientras que Frankenstein, la reinterpretación de Guillermo del Toro, fue celebrada por su diseño de producción, su sensibilidad emocional y su aproximación artística al clásico literario.
La presencia de estas películas confirma que el horror ya no es visto únicamente como entretenimiento de nicho. En su lugar, se reconoce su potencial como vehículo de propuestas autorales, discursos simbólicos y logros técnicos de alto nivel. Más allá del susto, el género ha demostrado que puede emocionar, provocar reflexión y alcanzar excelencia cinematográfica.
Con Sinners liderando la carrera y abriendo el camino, la edición actual de los Premios Óscar podría quedar registrada como el momento en que el cine de horror dejó de ser una excepción y finalmente reclamó un lugar permanente bajo los reflectores de la Academia.
